
Temporizaban sus agujas algo mas que la primera hora de la tarde, el autobus corría, abandonaba, ese viernes de calles soleadas, el restaurador Santiago y una emoción crecía enamorada de aquel viaje.
Allá nos esperaba lo desconocido,
La media tarde había llegado y de repente, tropezó la mirada con un azul inigualable y profundo, era el azul de ese ancho mar que no acababa en la
El autobus otra vez corría y de pronto, oscurecían esas
Con su gastronomía, cultura, tradición y diversidad ecológica: playas, ríos, montañas, aves, que bonita es Barahona.
Nos conquistaban además sus acogedores hoteles, laderados por playas bañadas de un turqueza divino. El quemaito, Playa Azul y había una Casa, que también era Bonita y en cuyo patio jugaba, inquieto e imponente un estruendoso y elegante mar.
Más allá, como queriendo abrazar el cielo, subía y subía ambicioso, otra vez el autobus y diósenos la bienvenida una nube gris y fría, música natural interpretaban aves, y de nuevo, como entregándonos su afán, las caras morenas y solidarias, las caras bonitas de Barahona. Habíamos llegado al Cachote.
Una travesía más nos esperaba coqueta y atrevida en el estrecho camino donde a cualquiera enamora el más exótico verdor y el candor de orquídeas, narcisos, helechos, Bromelias, de un adulto Ebano Verde y Manaclas que enredaban de pasión sus raíces, nos hizo atravezar, sobre un suelo húmedo y drenado, la casa en que nos acogió la Jibijoa.
Acogedora y en lo más alto, sorprendió otra vez la lluviosa y helada noche. Al despertar, placentero y gris, llegaba el día en que nos despedíamos de las caras morenas y bonitas, debíamos partir. Ya nos llamaba y nos atraía, celoso El Polo y nos llevó hasta sí; y aromatizados quedamos, con la piel magnetizada de ella. Y ahora la siento tan pegada a mi, es su recuerdo vivo, es Barahona, Nuestra Maravilla Natural.
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